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April 19 THE BIRD AND THE WORM
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Un poco en el estilo de las telenovelas, El regreso del Jedi incluye una serie de relaciones de parentesco tardía y dramáticamente reveladas. No deja de tener su encanto: Luke obtiene la confirmación de que su padre es el oscuro Vader de la boca del anciano Yoda, que está a punto de morir, pero no en un hospital sino en el medio del paisaje pantanoso y surrealista del planeta Dagobah. Después, y como para dejarlo elegantemente al margen del romance entre Han y Leia (ya en etapa de noviazgo pleno), alguien le hace saber que la princesa es su hermana. Ella, en tanto, trocó los recatados vestiditos de gasa blanca, que lucía al comenzar la serie, por audaces bikinis con reminiscencias punk. Al igual que antes, las distintas Iíneas dramáticas (Luke, el Imperio, Han y Leia) son felizmente vertebradas mediante el montaje alterno, en un dinámico vaivén que las hará confluir sobre el desenlace. Un esquema de contrastes llevó a combinar, una y otra vez, secuencias ambientadas bajo el sol (como la batalla contra Sarlacc sobre el desierto quemante) con otras en las que las naves de los héroes surcan el espacio en una noche inabarcable.
Inspiradora de un profuso merchandising que recaudó tanto como las boleterías, se pasea por El regreso del Jedi la más graciosa galería de criaturas cósmicas que se haya visto: desde Jabba The Hutt, una mole gigantesca y pérfida que tiene algo de los animales que imaginó Lewis Carroll, hasta Sarlacc, ente de arena y dientes (y pico y tentáculos tras el aggiornamiento computarizado que presidió el reestreno de 1997), pasando por simpáticas versiones de osos hormigueros, escarabajos, koalas y por un "almirante" de la Alianza inspirado en una cruza del general De Gaulle con vaya a saber qué especie de batracio. Todos estos prototipos son hijos de un despliegue generoso: se presentan ante el espectador de golpe, sin latosas introducciones, bajo la premisa poética de que cualquier ente tiene derecho a hacer del universo su propia casa. Farragosamente, en cambio, vuelve a plantearse la cuestión relacionada con "la Fuerza", largamente conversada antes del enfrentamiento entre Luke y Vader (que sólo mostrará la cara poco antes de morir, ya convertido), quienes intentan convencerse mutuamente con invocaciones a un "Poder" mistificado, turbio. Los efectos especiales tienen un sitial privilegiado en El regreso del Jedi (el propio Lucas se ufanaba, en su momento, de haber beneficiado al film con "el doble de efectos que a los otros dos juntos"), aunque a veces en desmedro del espesor dramático, al que el fragor, y esos combates, no le dejan demasiado tiempo.
El imperio contraataca profundiza con vigor las características que hicieron de Star Wars una leyenda de la cinematografía norteamericana. Ya fue señalado que la cruzada cósmica de Luke Skywalker (Mark Hamill), Han Solo (Harrison Ford) y la princesa Leia (Carrie Fisher) contra las fuerzas del Imperio comandadas por Darth Vader bebe generosamente de otros tantos mitos previos, dentro y fuera de la gran pantalla. Desde la leyenda del rey Arturo (que vendría a encarnar Luke, con Han Solo como Lancelot y Leia como la reina Genoveva) hasta la del Quijote y Sancho, pasando por tenaces comics como Flash Gordon y por el Western que se asoma en Han, quien anda, viste y desenfunda como un cowboy cósmico. La primera clave, empero, parece mucho más pedestre. Lo que hizo George Lucas (e Irvin Kershner, que dirigió El imperio... por su cuenta y orden) fue llevar a una galaxia muy lejana... los bienamados rituales de cualquier muchachito de barrio.
Ahí está la relación de Han Solo con su nave: el joven se la pasa recauchutando a su Millenium Falcon –que oportunamente alcanzará la velocidad de la luz– como si fuera un Fitito desvencijado. Ahí está su relación con Leia, la princesa, especie de candorosa chica de zaguán, que se hace rogar para transar al fin, tras haber demostrado que no es de las "fáciles". Los zaguanes, claro está, son los fugaces respiros que se toman Leia y Han entre una y otra batalla contra las fuerzas del Imperio. El imperio contraataca es la fusión total entre los "chicos de la esquina" –los chicos buenos de la esquina, que de los otros se ocupa el cine de gángsters– y los "héroes de película", hasta entonces inalcanzables por definición. Con la misma libertad, Luke, Han y Leia encarnan otra dualidad igualmente asombrosa. Sin dejar de ser adultos (aunque parece increíble que Hamill, con 28 años a la fecha de la filmación, luciera semejante baby face), se asumen como niños, nutriéndose de la experiencia de sus mayores, a los que, llegado el punto, están llamados a superar. O a relevar al menos. Luke recurre a un elfo ¡de 800 años!, Yoda, para que lo guíe por los caminos de la Fuerza y lo convierta en Jedi, y hasta extrae lecciones del propio Vader, esa oscura y reluciente fortaleza de latón. Y no hay una sola cara del Imperio (en la gigantesca nave-ciudad que es la Estrella de la Muerte, precursora de las de Alien y Día de la Independencia) que no contraste, por vetusta, con la rozagante juventud de los protagonistas.
La estructura narrativa de la película desempolva las supuestamente "obsoletas" transiciones por barrido –en las que un plano entra desplazando al anterior– que las viejas series de TV habían mamado de los aun más añejos seriales del cine. La trabajosa conversión de Luke en Jedi, que arranca en el planeta Dagobah, una selva de pantanos neblinosos, y el enfrentamiento de Han y Leia con los imperiales, que transcurre en una fascinante ciudad-planeta, avanzan largamente por carriles separados, alternados oportunamente por esos barridos, que aparecen en los momentos de mayor tensión para postergar la resolución de ambas líneas dramáticas. Entre las muchas categorías inauguradas por Star Wars tal vez haya que lamentar aquí la que deriva de "la Fuerza" –a la que aspira Luke–, madre a su modo del alienado misticismo que impera en el género fantástico-infantil actual (productos como los Power Rangers, en los que "el Poder" toma la posta de "la Fuerza", y otros como The Matrix, que se la endosa a un insulso semidiós interpretado por Keanu Reeves). Y agradecer, sin duda alguna, que el famoso aggiornamiento computarizado que presidió el reestreno del film en 1997 no haya pasado de un puñado de retoques aleatorios, ya que, por otra parte, no hacía falta nada más.
El mito del héroe, para empezar, aquí está reformulado de tal modo que sin dejar de pulsar cuerdas inmemoriales, básicas (el viaje a través de incontables y aparentemente insalvables obstáculos), transcurre en un terreno enteramente nuevo: a millones de años luz de la Tierra. La consabida frase inicial, que funciona como la campana de largada de cada uno de los capítulos ("Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana...") también sitúa la acción en un tiempo deliberadamente ambiguo. Y original. Es el pasado, se nos dice, pero las ciudades, los medios de transporte y hasta las armas –aunque de un modo algo naïf– expresan una tecnología habitualmente asociada con las conjeturas futuristas. No es aventurado sumar, pues, la Teoría de la Relatividad (que rechaza el concepto de simultaneidad para fenómenos distantes en el espacio) a las muy citadas fuentes nutricias de La guerra de las galaxias.
Pero la primera clave está bastante más acá de las complejas elaboraciones einsteinianas. La insondable brecha de tiempo y espacio libera, acaso por primera vez, a un puñado de héroes arquetípicos de las fastidiosas connotaciones que siempre los sobrevuelan. Especialmente en el cine norteamericano, que surgió y creció de la mano de todos esos paladines cuyos oscuros antagonistas expresaban tal o cual prejuicio del inconsciente colectivo: los indios en el Western, como el viet-cong en los films de guerra, son el escollo para el Bien. Luke Skywalker (Mark Hamill), Han Solo (Harrison Ford) y esa especie de hada madrina que es la princesa Leia (Carrie Fisher) encarnan sin duda alguna al Bien. Darth Vader y los personeros del Imperio, al Mal. Pero nadie en sus cabales podría asociar a cualquiera de estos villanos con alguno de los males concretos, tangibles, que acechan al buen ciudadano estadounidense. Esa cualidad espectral, abstracta, del Bien y el Mal encarnado por los contendientes remite a los temores y fantasías de la infancia. Y unifica a la platea, por encima de su nacionalidad y edad, invitándola a involucrarse sin obligarla a pagar el precio de las convenciones socio-políticas dominantes. El convite no podría ser más seductor. Palpitar la batalla contra los villanos desde el bando de los héroes nunca tuvo visos de acto inimputable como en La guerra de las galaxias.
También es cierto que esta especie de polarización virginal convierte a no pocos tramos en un envío especialmente diseñado –y sólo apto– para los infantes. No del palo de los bochornosos films inspirados en videogames (o en la famosa manga japonesa): aquí los héroes son de carne y hueso, de la carne y de los huesos que nos hacen humanos. Los villanos que lo son, en cambio, aparecen densamente camuflados de otra cosa. Ahí está Darth Vader, esa oscura fortaleza de latón que sólo tendrá forma humana –un rostro, un gesto– unos minutos antes de morir... ya redimido. Pero la Fuerza, el Lado Oscuro y otras instituciones con o sin mayúsculas no dejan de postularse allí, tan lejos, como el correlato de la conflictividad real, terrestre. Y si la casta de los Jedis por momentos semeja una secta, la mística de la Fuerza toma muchos rasgos de la religión. Los bochornosos films, precisamente (y me acuerdo por ejemplo de los Power Rangers), no son más que el resultado de desarrollar a fondo este costado de Star Wars.
Situar las acciones en un remoto confín del espacio ofrece otras ventajas. Entre ellas, la de ir creando las reglas a medida que se avanza. La imborrable secuencia en la taberna de Tatooine (el planeta-desierto que reaparece en la cuarta entrega de la serie) está protagonizada por la más insólita legión de freaks que se haya permitido ningún cineasta. Ahí puede verse a criaturas que no podrían estar más divorciadas de la forma humana vibrar, y emborracharse, como cualquier mortal. Debe ser el modo más audaz de instalar la credibilidad de un alien (sabiamente retomado por la reciente Hombres de negro), en las antípodas de los patéticos marcianos "realistas" de la mayor parte del sci-fi hollywoodense. La sensación de irrealidad, en todo caso, acá resulta largamente trascendida por la gracia y la ternura de esa galería de esperpentos que, al fin de cuentas, es la verdadera crema de la factoría Lucas. Sobre todo por su inédita representatividad. Son indiscutibles freaks, extraterrestres. Y suelen ser beodos, torpes, sentimentales, "tuercas", ambiciosos, aniñados... en definitiva: esencialmente humanos. No está el Mal (¡gracias a Dios!) en ellos. Y se los encuentra en los rincones más insólitos del cosmos, que comparten más o menos armoniosamente; siempre más, en todo caso, que la mayor parte de los vecinos de la "aldea global". Este costado de la saga es profunda, abiertamente humanista. Generoso. Y convierte a tantos otros tramos de La guerra... en una de esas aventuras que merecen ser vividas a cualquier edad.
Cinco años después de la Batalla de Endor, Obi-Wan Kenobi se le apareció por última vez diciéndole que “no era el último de los antiguos Jedi sino el primero de los nuevos”. Dos años después, derrotado el Emperador resucitado y habiendo encontrado a gente poderosa en la Fuerza durante todos esos años, Skywalker informó al recién restaurado Senado su intención de reponer la Orden Jedi. La Jefe de Estado Mon Mothma lo autorizó.
El emplazamiento para el entrenamiento de los aprendices acabó siendo la cuarta luna de Yavin. Siendo un lugar lleno de vida y con historia antigua Luke lo consideró como interesante. Los primeros aprendices de Luke incluían a un piloto de la Alianza con potencial y a un antiguo servidor del Emperador, a una bruja de Dathomir y a un viejo ermitaño, y gente diversa encontrada por Skywalker en varios lugares de la galaxia.
En vez de llamarlo Templo, Luke lo llamó Academia, más concretamente praxeum. Primero reunió a doce aprendices y pronto los Jedi tuvieron trabajo: el espíritu de Exar Kun atrapado en los muros de los templos Sith que trató de corromper a algunos estudiantes (y teniendo éxito en un par de casos). Las fuerzas unidas de todos los aprendices derrotaron al viejo maestro del Lado Oscuro para siempre.
Poco después, tuvieron que enfrentarse a otro gran reto: el ataque de la academia por parte de las Fuerzas Imperiales al mando de la almirante Daala. Los Jedi rechazaron la flota imperial empujando al infinito un conjunto de naves de guerra usando la Fuerza y canalizándola a través de un Jedi, que murió a causa del esfuerzo.
Entonces aparecieron los primeros Caballeros de la Nueva Orden, y más aprendices iban apareciendo. Entonces pasó igual que con la Antigua Orden: algunos de ellos se escindieron y se entregaron al Lado Oscuro.
Durante esos años, el antiguo Procurador de Justicia del Imperio, Lord Hethrir, trató de formar un nuevo Imperio secuestrando a niños con potencial y entrenándolos. Pero la Nueva República le paró los pies antes de tiempo y los niños fueron devueltos a sus casas.
También un joven de la Academia, Dolph, marchó a su mundo natal tras el asesinato de sus padres y aniquilando a toda una raza en el planeta Almania, tomó el nombre de Kueller. Aliado con otro Jedi renegado, Brakiss; introdujo droides-bomba en varios lugares de la galaxia (incluída la Cámara del Senado) causando estragos. Pero de nuevo fue detenido por la Nueva República.
Pero el mayor peligro no llegó hasta que el propio Brakiss, con la ayuda de unos misteriosos fanáticos que decían ser Guardias Reales de Palpatine, fundó una escuela para Jedi Oscuros. Una estación espacial, conocida como la Academia de la Sombra, y con el apoyo de algunas Hermanas de la Noche de Dathomir, Brakiss pronto tuvo un numeroso grupo de siervos del Lado Oscuro listos para luchar contra los Jedi. En la batalla final en Yavin, sin embargo, fueron derrotados por los jóvenes aprendices de la Academia Jedi y la Academia de la Sombra fue destruida con sus líderes.
Otro incidente similar surgió cuando otro Jedi abandonó la Orden. Este Jedi Oscuro, Desann, tendió una trampa al mercenario y antiguo Jedi Kyle Katarn y logró averiguar la localización del Valle del Jedi. Ese valle era el lugar donde 1000 años antes había explotado la bomba mental que terminó con el conflicto de Ruusan.
Así logró infundir el poder de la Fuerza a un nuevo ejército suyo: los Renacidos; y las Tropas Sombrías (éstas últimas con una armadura resistente a las espadas de luz), que atacaron Yavin IV nuevamente pero fueron barridas por los Jedi. Desann fue muerto por Katarn en el combate.
Cuando ya todo parecía estar tranquilo, con la Academia Jedi con varios Maestros, numerosos Caballeros y sus padawan, y jóvenes y niños, Luke Skywalker pidió al Consejo Asesor de la Nueva República autorización para restaurar el órgano de gobierno de la Orden en los últimos tiempos de la Antigua República, el Consejo Jedi. El permiso le fue denegado, y los Jedi se vieron entonces enfrentados contra un nuevo y temible enemigo, los Yuuzhan Vong; contra la inmensa mayoría de ciudadanos de la Nueva República; y contra ellos mismos.
Los Vong, seres con tecnología orgánica, no podían ser percibidos con la Fuerza y eso les hacía temibles. La Nueva República comenzó a desconfiar de los Jedi y una corriente de Jedi al mando de Kyp Durron se separó de las enseñanzas de Skywalker para usar la Fuerza como les parecía más correcto, acercándose peligrosamente al Lado Oscuro.
El líder de las fuerzas invasoras Vong, Tsavong Lah; pidió las cabezas de todos los Jedi y muchos de ellos murieron a manos de mercenarios y Vong mismos. La academia de Yavin IV fue ocupada e invadida por los alienígenas y aunque luego fue retirada, el Jefe de Estado Fey'lya llegó a firmar una orden de arresto contra todos los Jedi.
La historia de los Jedi en los primeros tiempos no es especialmente conocida, y lo que ofrecemos aquí es un breve resumen de la misma. En los primerísimos años de la fundación de la Orden, un Jedi comenzó a pensar de forma diferente. Veía la Fuerza como algo diferente. No como una herramienta para ayudar sino como una herramienta para dar poder… como un arma. Sus ideas fueron consideradas peligrosas y se le invitó a reconsiderar, pero no quiso y fue expulsado de la Orden. Pero entonces unos pocos seguidores suyos quisieron seguir su camino y los Jedi, confiando en poder erradicar ese problema, les expulsaron también, aunque otros abandonaron la Orden por propia voluntad. Cien años de lucha acabaron con la derrota de los escindidos y tras este hecho, conocido como el Primer Gran Cisma, los Jedi desterrados marcharon a mundos muy lejanos hasta encontrar la raza Sith. Uno de ellos se proclamó su Señor Oscuro y dio comienzo la existencia del Imperio Sith.
Después de la Oscuridad Centenaria, otro siglo de luchas tras una nueva escisión 7000 años antes de la Guerra Civil Galáctica, más Jedi renegados se unieron a los Sith.
Los Jedi no supieron de ellos hasta 20.000 años después. Los exploradores Gav y Jori Daragon se adentraron en las zonas no colonizadas y descubrieron lo que los Jedi exiliados habían creado: el Imperio Sith. Fueron capturados pero a uno de ellos se le permitió huir para alertar a la República. En Coruscant, nadie la creyó, pero el Jedi Memit Nadill, el consejero de la Emperatriz Teta del sistema Koros, vio un verdadero peligro y alertó a la República. En Coruscant por un lado y en Koros por otro, las fuerzas Republicanas y de la Emperatriz lucharon contra los Sith. Gav Daragon, aún retenido por los Sith, hizo que los hechizos ilusorios del Señor Oscuro se desvanecieran permitiendo a las fuerzas defensoras recuperarse. Cuando la flota Sith comenzó a luchar entre ella por problemas de liderazgo consiguieron derrotarles. Este conflicto recibió el nombre de la Gran Guerra del Hiperespacio.
Los Sith parecían estar extintos. Pero un aprendiz Jedi sintió curiosidad por los conocimientos oscuros y viajó a Korriban, antigua capital de los mundos ahora abandonados del Imperio Sith. Luego, este individuo, Freedon Nadd; se estableció en el planeta Onderon y gobernó durante varios años con puño de hierro. Esto sucedió 4.400 años antes de la Guerra Civil Galáctica.
Muchos años después los Jedi sofocaron una importante Rebelión Droide en Coruscant cuando la población androide se rebeló contra sus amos. Posteriormente, 4000 años antes de la Guerra Civil Galáctica, el Maestro Jedi Arca Jeth y sus aprendices Cay y Ulic Qel-Droma y Tot Doneeta marcharon a Onderon para resolver una disputa planetaria. Arca vio la intensidad del Lado Oscuro en ese planeta y tras derrotar a los corruptos Reyes, encontraron los restos de Nadd y los llevaron a la cercana luna Dxun.
Pero dos aristócratas ahora dirigentes del sistema Emperatriz Teta, intrigados también por las artes del Lado Oscuro, fundan una secta llamada Krath. Durante una reunión Jedi en Deneba droides del Krath matan a Arca Jeth y Ulic Qel-Droma trató de infiltrarse entre ellos para destruirles pero sucumbió al Lado Oscuro. Mientras, el Jedi Exar Kun viajó a Dxun para visitar el sarcófago de Freedon Nadd. Ante la disyuntiva de morir o caer al Lado Oscuro, escogió la segunda opción, y luego los espíritus de los antiguos Señores Oscuros le unieron con Ulic Qel-Droma.
Entonces comenzó la Guerra Sith. Ambos, con las fuerzas del Krath, atrajeron a docenas de aprendices Jedi al Lado Oscuro, que mataron a sus maestros. Muchos planetas fueron devastados y llegó a lanzarse un ataque sobre Coruscant (que fracasó). Ulic Qel-Droma mató a su hermano en combate y horrorizado se entregó a los Jedi. Traicionado, Exar Kun se retiró a la cuarta luna de Yavin donde la República y los Jedi acabaron con él. Kun consiguió dejar atrapado su espíritu en los templos de la luna y más tarde Qel-Droma se redimió y volvió al Lado Luminoso. Diez años tras la Guerra los Jedi celebraron una reunión en la estación Exis para discutir acerca de qué hacer a continuación.
No hubo más conflictos hasta dos mil años después. Los aprendices Sith que quedaban se retiraron y fueron luchando entre ellos. Los Jedi volvieron a saber de su existencia y durante un milenio de lucha ambas Órdenes se enfrentaron. Los Sith que quedaron se reunieron en el planeta Ruusan.
Decididos a acabar con esa amenaza, casi toda la Orden se juntó para atacar a pie en Ruusan. El líder de las fuerzas Sith, Kaan, preparó una bomba mental que aniquiló a todos los Jedi y a todos los Sith. Tan sólo un Sith sobrevivió.
Por fin parecía haberse conseguido la estabilidad. Los Jedi crecieron de nuevo. Se creó una academia Jedi en una estación espacial llamada Chu'unthor pero 300 años antes del Imperio se estrelló en Dathomir donde fue atacada por las brujas nativas, sensitivas a la Fuerza (enseñadas por una antigua Jedi exiliada allí). Tres maestros viajaron a negociar la paz, con éxito.